Conocí a Nuria en el estudio de un amigo artista que ambos teníamos en común. De eso hace ya unos cuantos años. Tantos, que hacen falta todos los dedos para empezar a contarlos. Ella acababa de mudarse a su estudio en el Rastro de Madrid y empezaba a dejar aquella doble vida de azafata de vuelo y pintadora de belleza subterránea siempre fuera de las normas. Me lo fue contando todo sin prisa, mientras comíamos pipas en el parque del Casino, en Lavapies, entre yonquis pedigüeños y lateros. Fue allí cuando me regaló una de sus frases fetiche, que he ido aplicando desde entonces a las cosas de la vida, porque esconde todo un tratado existencial: “Es mejor pedir perdón que pedir permiso”.
Nuria fue una de las pocas personas que entendían mis viajes en Vespa por los desmontes de la ciudad. La única que no ponía una mueca de compasión al ver aquella vieja PK de 75cc de los ochenta repintada a spray y que tenía, para más inri, matrícula de Girona. A ella era fácil explicarle que una felicidad nueva comenzaba al acelerar y alejarse mientras la brisa cincelaba en la cara esa sonrisa que atravesaba las gafas y el casco jet. Por eso, cuando le conté que me iba un par de semanas a la Alcarria en la moto con un saco de dormir y un hornillo metidos en la maleta de tweed amarillo que había comprado en un anticuario, Nuria sonrió de inmediato, como sonríe siempre ella (¿acaso no está sonriendo siempre?). No hizo falta decirle que viajar en Vespa era vencer, vencerse, vencerme y que, al engranar primera y acelerar suavemente, el destino no era otro que el de la despreocupación. Ella ya lo sabía.
Y es que a Nuria, al contrario que a la mayoría de la gente, no hay que explicarle nada para hacerte entender. Te ve desde lejos. A ti y a todos. Está más viva que ninguno de los vivos y, cuando estás con ella, sientes tu corazón más fuerte y tu pensamiento más limpio. Es de las pocas artistas que conozco que no te recuerdan en todo momento que son artistas y creo que la única que no tiene en su casa ninguna obra suya. Se lo pregunté la primera vez que me llevó a su buhardilla-palomar de Lavapies, apenas a dos calles de mi pequeño apartamento de periodista resiliente. “No quiero tener nada mío aquí”, me respondió. “Mi ego no lo necesita y, además, no me gusta ver a los muertos”. En lugar de obra suya, reconocí varias cosas que no olvido: una edición ilustrada de Macbeth de los años 20 y aisladores cerámicos, muchos, en un altarcillo especial en su librería. Entonces ya le obsesionaban aquellos objetos rotundos, perfectos, magníficamente pensados para su uso, que recogía de las fachadas cuando subía a la grúa para pintar sus murales: “Fíjate, el diseño es sencillo pero absoluto: el aislador puede sujetar un cable y separarlo del palo para que no arda de un chispazo. En esta preciosura hay una complejidad enorme”. Nuria ya maquinaba algo con aquellos aisladores y con ellos construiría después sus primeras boyas en las que mezclaba su paleta de colores ácida de sprays y hermosuras vandálicas con una necesidad vital: la de reflotarse.
Porque a Nuria le pilló un tsunami vital que hizo tambalear a su familia por todos los puntos cardinales. A los Mora, un clan de genios excéntricos, les tocó transitar por el barro. Para salvar a su familia, Nuria, hermana mayor, primero tuvo que rescatarse a sí misma. De ahí el simbolismo de una boya como salvavidas para náufragos, como delimitación de espacios vitales y frontera emocional ante la vida cuando hierven los vapores densos que traen las zozobras. Quizá Nuria se había fijado en mi sonrisa de escapista y pensó también en escapar mientras pudo: un día apareció en la plazuela del Rastro con una Vespa PX roja que también empezó a utilizar como nave mágica para largarse de excursión y celebrar esta cosa de estar vivos. Como ella es una mujer de acción, poco le faltó para convertir a aquella moto en un perrillo en día de fiesta que la transportaba a través de las asperezas de los días. Mientras yo leía en italiano las aventuras de Giorgio Bettinelli, a Nuria le faltó tiempo para llevarme por todas las tiendas secretas del Madrid viejo para construir material de escapada: con cuatro cables hicimos un puerto USB para cargar los móviles mientras viajábamos, con lana y cuero tejió unos guantes maravillosos que todavía conservo (su cierre es un smiley que te recuerda antes de agarrar al manillar que todo va bien y que debes fluir en la vida). Serramos tablones de abeto y construimos unas maletas de equipaje que Nuria forró con su tela favorita: el cuadro de Burgos, que venden en exclusiva en un bazar galdosiano de ese Madrid que ya ha desaparecido y del que apenas nos llega el resplandor de una estrella extinta hace millones de años luz. No contenta con eso, lo impermeabilizó aplicándole
una goma secreta y, como mi maleta de tweed, cubrió las cantoneras de piel. No había Vespas tan hermosas en las carreteras secundarias de Madrid, ni en las de toda España, porque Nuria, que no conoce límites, empezó a viajar con la suya por todos los ángulos de la península: Primero llegó hasta O Porto y después bajó por Portugal hasta el Alentejo para reaparecer en Madrid mientras aquel pequeño cilindro latía bajo el asiento. Nuria fue pasajera de sí misma y celebró la vida con las cuatro marchas de aquella máquina insignificante que, alejándola de todo, la acercaba más a sí misma.
Con su amigo el fotógrafo Enrique Escandell, cuyo libro Subterráneos narra como ningún otro las misiones secretas de los grafiteros del underground madrileño, Nuria se coló en las casitas de luz de la carretera que une la capital y Valencia. Volvieron con la maleta de la Vespa llena de aisladores cerámicos arrancados de las fachadas y despanzurrados por los suelos de estas bellezas de la industria anterior, abandonadas a su suerte por el lobby energético de este país, más concentrado ahora en llenar los montes de monstruosos e ineficientes molinos eólicos con los que limpiar su conciencia y romper el silencio de las cumbres. Pero a Nuria no le llegaba el botín de aquella razzia. Se guardó bien los lugares llenos de aisladores y volvió a por más. Tenía un plan para sus boyas y necesitaba acumular todo aquel material irrepetible aparcado en el limbo de dos civilizaciones en un mundo que cambia de dientes.
Al año siguiente, mientras llevaba la redacción de una revista en Ibiza, Nuria apareció con su Vespa en barco camino a una residencia de artistas en Baleares. Lo suyo era ya una fuerza imparable. Nunca he visto una moto más eterna que su Vespa roja, siempre obediente y a prueba de caídas y torceduras del destino. Nos las arreglaba Juan, un mecánico entrado en kilos que entendía nuestros sueños y recordaba sus aventuras de juventud desde su taller de las Vistillas.
Cuando la visitaba en su estudio pude ver las boyas que Nuria preparaba para una expo en Francia. Después pude verlas en directo en la Galería Astarté, en Montesquinza. Las boyas, recuerda Nuria “salen de la debacle, como la imagen poética de un objeto al que asirse, un elemento de salvación o que delimita una zona de mar”. En ellas estaba su antídoto ante la complejidad de la vida, frente a las mudanzas continuas, al futuro bien clavado al suelo que ahora se deshace como un azucarillo. La Vespa era el contrapunto ante el desasimiento: viajar por tierra, lentamente y con una tienda de campaña para dejar atrás años de trabajo en la aviación, de aeropuertos y hoteles, de no estar en ninguna parte. La moto suponía “moverse de otra manera y hacer las cosas de otra manera”. Un pequeño motor de dos tiempos, junto a un plo-pló sincrónico que mezclaba gasolina y aceite suponía el mayor de los viajes, aquel que sucede a través de uno mismo y permite alejarse lo suficientemente despacio como para tener perspectiva de los deseos y anhelos de cada uno, para resituarse en el mundo y regresar de lo oscuro con nuevos planes luminosos.
Creo que no exagero cuando le digo a Nuria que no hay nadie más pesado que yo con sus cerámicas. La puerta que abrió con sus boyas fue tan poderosa que no podía ser una etapa más del viaje: era necesariamente un lugar donde quedarse y explorar con todos los sentidos. Allí había un aire tan alimenticio que se necesitaba respirar con todo lo que dan los pulmones. Por eso, cuando se le acabaron las piezas cerámicas que había repelado en sus excursiones en Vespa, Nuria echó mano del statement punk del Do it yoursefl con el que lleva desde que empezó a encintar portales en los años noventa. Poco le importó no haber cultivado la disciplina de escultura en la Facultad de Bellas Artes: se encerró en su estudio (a veces creo que vive allí) y se puso a hacer moldes de dos piezas como una loca: primero le pregunta a amigas ceramistas, pero nadie supo darle respuestas a sus preguntas. Probó el vaciado en escayola, sin buenos resultados. Poco a poco, y aunque le fastidiase un mundo, terminó por entender que ella sola no podía, que necesitaba a un profesional para conseguir lo que tenía en mente. Es entonces cuando alguien le recomendó acudir a un experto en moldes. Nuria sedujo con su energía a un hombrecillo jubilado y de poco espíritu y lo sacó de su salón confortable para proponerle clonar todo tipo de moldes en yeso y escayola. Junto a él, empezó a hackear todo tipo de objetos: floreros, botellas de detergente, aisladores cerámicos. Y no sólo las clonaba, sino que les cambiaba la forma y las proporciones. El estudio comenzó a llenarse de cubos de barbotina y
moldes de yeso, como una factoría inagotable en la que caben hasta los tiroides, las columnas que Nuria reciclaba tras recoger de la basura un pequeño fragmento de porexpán de apenas 15cm de alto, que ella convirtió en un objeto superlativo. La Vespa roja, aparcada siempre a la puerta del estudio, fue el transporte-ambulancia para todas aquellas criaturas hasta los hornos de los ceramistas de barrio que Nuria supo ganarse para que le dejasen cocer sus piezas. “He llevado en la moto vajillas enteras como pasos de Semana Santa”, bromea. Los ceramistas le abrían la puerta con curiosidad y extrañamiento. Primero, la miraban con el desprecio de la recién llegada, después con la envidia del león desdentado y finalmente (aunque no todos), con la admiración de estar ante alguien alegremente fuerte.
Me gusta preguntarle a Nuria por esta etapa porque fue como una fiebre incontrolable. Ella también la recuerda así. No cabía dentro de ella: se le había abierto un nuevo campo de juegos y podía inventarse todas las formas que tenía en la cabeza. No había limitaciones técnicas. Y en su aproximación libre tampoco había espacio para las normas ni las ortodoxias: Nuria quería reproducir la forma orgánica de las esponjas de mar y transformarlas en porcelana. “¿Se puede hacer?”, le preguntó al experto. El hombre le contestó con un lacónico “no”, pero Nuria era ya imparable y quemó decenas de esponjas y rompió kilos de cerámica hasta conseguir que esa idea que le martillaba la cabeza cuajase en el horno. Trabajar con un experto fue un acierto: “Él me ayudaba a minimizar los errores para que saliera adelante toda la locura que tenía dentro. Como yo no tenía conocimiento de las reglas podía pensar libre”. De nuevo, la outsider que se cuela por los márgenes y llega a lugares insospechados porque nadie le advirtió de que no se podía llegar. Cuando al fin Nuria se hizo con un horno en su propio estudio, ya le había dado la vuelta a la técnica y había transformado el lugar en una especie de olería contemporánea. Boquiabiertos nos quedamos todos con su nueva paleta y su aproximación cromática a la cerámica. Porque nadie pinta la cerámica como lo hace Nuria Mora. Los ceramistas se hacen sus propios esmaltes, pero ella, empleando los esmaltes estándar y cinta de carrocero reproduce el estilo de cómo pintaba en la calle, llegando a soluciones nuevas. Su propia paleta nurimoresca de tonos ácidos se reencarnó en algo diferente, primario, tocando los cables invisibles de la expresión artística, con una mano en Grecia y otra en Altamira. Ahora, ha logrado reproducir sus obsesiones y sus formas fetiche en una dimensión superlativa. Las perspectivas crecen hipervitaminadas y los nuevos tótems reclaman una presencia desconocida. La propia hacedora (ella odia que le llamen artista) es la primera sorprendida. Le dejo caer: “Y ahora Nuria, ¿qué vas a hacer?”. Y ella me contesta al teléfono, lijando el barro fresco: “Seguiré aquí hasta la siguiente obsesión”.












